LA INVERSION EXTRANJERA EN LOS TRATADOS DE LIBRE COMERCIO

Publicado en por CONTRAPUESTOS

 

Alberto Arroyo Picard

Maestro en Sociología e investigador de la Universidad Autónoma de México. Miembro del equipo coordinador de la Red Mexicana de Acción Frente al Libre Comercio, RMALC.

Es un honor estar aquí con ustedes, y, sobre todo, regresar en una situación tan diferente. La única vez que había visitado su hermoso país fue hace 25 años.

Es demasiado lo que se me pide que toque y en 25 minutos. Entonces será un poco telegráfico, como un inicio de reflexión. Hay mucha documentación que se puede aprovechar para construir una postura común frente a este proyecto.

Lo primero que me parece importante es analizar los textos en borrador y aún llenos de corchetes. No parto de la idea genérica del libre comercio o la integración, pues, como diría cualquier abogado, el demonio está es en la letra chiquita. Hay que ver concretamente a qué se quiere comprometer a nuestros países.

El otro punto de partida es México, con 9 años de Tratado de Libre Comercio de América del Norte, prototipo del ALCA. El TELCA es, digamos, el tratado más ambicioso que hasta este momento se ha firmado y constituye la base para las negociaciones del ALCA. Para Estados Unidos lo que ya logró en el TELCA, o NAFTA, como ellos le llaman, es como el piso, lo mínimo que ya no está dispuesto a ceder. La negociación no podrá estar por debajo y se pretende ir más lejos. Entonces, 9 años de experiencia en el caso de México, Estados Unidos y Canadá constituyen otra fuente de juicio frente al ALCA.

Una primera cuestión que ha de tomarse en cuenta es que el ALCA no es un acuerdo comercial ni tampoco un acuerdo de integración Esa es la imagen para la tribuna. La parte estrictamente comercial, es decir, negociar la entrada y salida de productos, los plazos, los impuestos con los que van a entrar o salir y la negociación producto por producto, es solo uno de 23 capítulos y no siquiera constituye la parte sustancial de los acuerdos de libre comercio. El ALCA es mucho más que un acuerdo de apertura de fronteras para la libre circulación de mercancía: ésta es una primera idea cardinal.

Lo segundo: el ALCA tampoco es un esquema reducido estrictamente a la integración. En realidad, no lo digo yo. Afortunadamente, algunos de los impulsores del proyecto son lo suficientemente cínicos como para divulgarlo con todas sus letras. Un ex director de la OMC afirmó que acuerdos como el TELCA son el esfuerzo de crear la Constitución mundial de los derechos del capital. Constitución, en el sentido legal de la palabra. Lo dijo con todas sus letras.

Una Constitución se supone que regula los derechos básicos del conjunto de participantes de una sociedad. Aquí se trata de una Constitución mundial, sólo que exclusivamente de los derechos del capital; directamente dicho por ellos.

No es tampoco un proyecto de integración –y voy a citar al jefe de la negociación en México cuando estaba por firmarse el tratado–, porque no parte de un proyecto nacional de desarrollo que busca integrarse en una economía mundial. Creo que hay una trampa muy visible en el discurso sobre el ALCA y sobre el libre comercio: se presentan como algo inevitable, como un signo de los tiempos. Precisamos entonces distinguir muy claramente entre lo que en efecto es hasta cierto punto inevitable y lo que es en realidad el ALCA.

Que nuestros países no pueden vivir aislados, nada más obvio; que tenemos que integrarnos a la dinámica económica mundial, nada más obvio. Creo que ningún país puede salir adelante aislado del resto del mundo; ninguno es una isla o un planeta o una luna circulando sola. Tenemos que integrarnos a la economía mundial, sí. Tenemos que llegar a acuerdos entre los países y los pueblos, sí. Pero el ALCA es un proyecto legal concreto con acuerdos y cláusulas concretas y esa no es la única forma de integración y, a mi manera de ver, ni siquiera la mejor forma de integración. Y si me presionan más, diría ni siquiera una buena forma de integración.

Entonces hay que evitar confundir el término globalización, entendido como un concepto más o menos genérico que quiere decir que estamos en un mundo y no podemos vivir aislados, con un proyecto concreto, con agentes concretos, con reglas específicas, con validez legal y que no es necesariamente la mejor forma de globalización.

¿Qué es pues un tratado como el ALCA? Primero, un tratado internacional y por tanto una ley. En la mayoría de nuestras Constituciones, todo tratado internacional, una vez ratificado por el órgano legislativo, cobra el carácter de ley suprema. En teoría, por debajo de la Constitución, pero en la práctica por encima de ella.

¿Por qué en la práctica? Porque cualquier controversia sobre si se está cumpliendo o no con lo pactado no se dirime en tribunales nacionales, sino en páneles privados de arbitraje internacional y tú allí no podrás alegar que estás cumpliendo con tu propia Constitución. Lo que te van a resolver es si estás cumpliendo o no con lo que firmaste. Insisto en que se trata de páneles privados de arbitraje cuyos árbitros sólo tomarán en cuenta el texto del tratado. Nuestra Constitución quedó para archivarse en bibliotecas como ésta, no más, porque no será un texto legal en el que podamos basar nuestro derecho y nuestra razón en una controversia internacional. Tú firmaste y esto es lo que vale, punto.

Dirán ustedes, qué exagerado este señor Arroyo. Voy a contarles un caso. En el capítulo de inversiones hay un artículo que ya se hizo célebre en el caso del TLC. Es el 1.110. El mismo texto, casi idéntico, se encuentra también en el capítulo de inversión del ALCA, todavía sin numeración en los borradores. El artículo plantea los derechos de los inversionistas frente a las expropiaciones. Dirán ustedes: bueno, no es raro que los señores se quieran proteger contra las expropiaciones. Lo que pasa es que cuando entran a definir la palabra expropiación lo hacen en términos tan amplios, que cabe todo. Hablan hasta de expropiación indirecta; y cuando uno trata de ver qué es la tal expropiación indirecta, resulta que se hace referencia a cualquier medida gubernamental que tenga como resultado disminuir la ganancia esperada. ¡Insólito! ¡Disminuir la ganancia esperada!

Un gobierno pone un impuesto, o modifica una ley ambiental, o toma una medida de cualquier clase. Y si la empresa cree que la disposición le va a disminuir la ganancia, se tipifica, por ese solo hecho, la expropiación indirecta. Tiene derecho por tanto a demandar al país. ¿Y qué pide? Una compensación por las ganancias esperadas perdidas. Dirán: qué exagerado este señor.

Hay en la actualidad 25 casos en tribunales con base en este artículo. Cuento uno ocurrido en México. Una empresa trata de instalar un basurero tóxico en un pequeño poblado. Nunca presenta el estudio de impacto ambiental. La alcaldía local, con todo derecho, le niega el permiso de construcción por no cumplir la ley que exige presentar un estudio de impacto ambiental. Le corresponde al municipio, por ley, otorgar el permiso de construcción. Lo niega. La empresa no puede operar. ¡Hace la empresa alguna gestión interna? No; se va derecho al pánel de solución de controversias, donde alega trato discriminatorio y expropiación de la ganancia esperada. No había puesto todavía un peso de inversión. Ni siquiera estaba operando. El gobierno mexicano es condenado a pagarle a la empresa 16 millones de dólares en compensación solamente por haber hecho cumplir su propia ley. Lo grave en este caso es que en el dictamen aduce que no es facultad del municipio dar o no el permiso, es decir, se mete a interpretar la Constitución mexicana.

Y pregúntenles a los canadienses qué pasó con la ley ambiental que regulaba ciertos aditivos en la gasolina. Debieron derogarla, porque la ley discriminaba, según se adujo, al permitir en Canadá la venta de gasolinas canadienses que no usaban esos aditivos. Con razonamientos capciosos, se arguyó que las normas estaban prohibiendo los gasolinas estadounidenses que sí los usaban.

Entonces no estoy hablando por hablar. Señalo 25 casos, no todos resueltos, que dan derechos de preferencia a las grandes corporaciones. ¿Y dónde quedó el derecho de los canadienses a la salud, protegido con esa ley, y dónde el derecho a la salud del poblado de San Luis Potosí?

Este tipo de tratados son leyes que se convierten en una Constitución de los derechos del capital, Constitución que está en la práctica por encima de las nuestras. No son simplemente acuerdos sobre qué mercancías tienen que pasar por mi frontera y si pagas o no pagas impuestos. Es todo un proyecto para el dominio mundial de las grandes corporaciones.

¿Qué se esconde detrás de estos tratados? Una teoría económica que plantea que hay que dejar todo nuestro futuro, nuestros derechos, a la lógica del mercado. El libre comercio no es simplemente libre tránsito de mercancías, sino una teoría económica que plantea que hay dejarlo todo, absolutamente todo, al mercado. ¿Y en qué se traduce tal concepción del mundo? Bueno, pongamos ejemplos concretos.

La salud es un derecho básico de la población, el agua potable es un derecho básico de la población. Pero si ambos se dejan al mercado, entonces solo tendrán acceso a ellos quienes tengan el dinero para comprarlos. Creo que sobran los comentarios.

Hay un capítulo en el ALCA que versa sobre las políticas de competencia. ¿De qué estamos hablando? Aquí está resumido, digamos, el trasfondo teórico del tratado.

En apariencia se trata de evitar el monopolio. Pero en realidad lo que hace el capítulo es consagrar una legislación supranacional sobre el papel de los Estados nacionales, o, en distintas palabras, definir lo que los Estados nacionales pueden o no pueden hacer en materia económica.

Hemos peleado en todos nuestros países arduamente contra la privatización de algunas empresas estratégicas. Hemos obtenido algunos triunfos, como también muchas derrotas. Si capítulos del ALCA como el que hace referencia a las compras gubernamentales y el de políticas de competencia llegan a concretarse como legislación, los triunfos habrán terminado en derrota. ¿Por qué? Porque las empresas que alcanzamos a salvar como públicas deberán regirse exclusivamente, dice el texto y no está entre corchetes, por criterios comerciales.

Entonces ¿de qué me sirve que la petrolera de Brasil o de Bolivia o Ecopetrol, aquí de Colombia, sigan siendo públicas si no podrán regirse más que por criterios exclusivamente comerciales? Lo que quedará es la nuda propiedad en manos del Estado, pero la empresa operará como si fuera privada. Y si no cumple lo dispuesto por el ALCA, el Estado nacional será demandado en páneles de arbitraje internacional. El capítulo define en síntesis el papel del Estado y el papel de la empresa pública. Arremete a fondo contra la intervención del Estado para conducir un proyecto nacional de desarrollo, para garantizar los derechos económicos y sociales del conjunto de la población.

El papel del Estado se reduce a lo que ha venido siendo durante estos últimos años, pero si se firma el capítulo del ALCA, ese punto se vuelve ley. Y si logramos un cambio democrático en nuestros países, quien gane tendrá que someterse a ella. Esto es lo grave.

Cuando nosotros en México alertábamos sobre los riesgos del TLC, mucha gente nos decía: es que eso ya está pasando. Yo les decía, sí, pero si logramos un cambio democrático y logramos que un Ejecutivo distinto actúe en función de los intereses de la mayoría, el nuevo Estado quedará sometido a una especie de supraconstitución y, por tanto, su margen de maniobra será mucho menor. Víctor Quintana nos hablará del caso del Campo No Aguanta Más. Surge un enorme movimiento, que logra movilizar una enorme cantidad de gente a la capital. El gobierno se ve obligado a negociar con ellos, pero alega que el TLC le impone claros límites. ¿Qué exige El Campo No Aguanta Más? Derogar, renegociar el capítulo agropecuario. Se acuerda que sí con el gobierno, pero el señor Fox aclara: pues esto va a depender de que el señor Bush quiera sentarse a negociar. Eso es lo grave.

Alguna vez yo aseguré en un Foro que este tipo de tratados eran un seguro contra los cambios democráticos. Yo mismo he de confesar que después me dije: Alberto, eres un exagerado. Y sin embargo, cada vez me convenzo más de que lo dicho es literalmente cierto. La historia lo demuestra en el caso de México.

En todos nuestros países, por la vía del Fondo Monetario Internacional, por la vía de la deuda, se terminaron imponiendo una serie de condicionantes que obligaron a los países a entrar en la lógica neoliberal. Quienes impusieron el modelo son conscientes de que la posibilidad de mantenerlo depende de dos cosas: una, de que debamos hasta la camisa como arma de presión, y dos, de contar con gobiernos aliados. Porque ¿qué pasaría si empiezan a perder el poder los partidos y los gobiernos proclives al neoliberalismo? El gran susto, y de ahí que sea el primer tratado que se firma, es que en México pierde el PRI en 1988 y Salinas de Gortari debe echar mano de un mega fraude. Eso todo México lo sabe.

Un partido con 70 años en el poder podía perder. Eso sí es susto. ¿Qué habría ocurrido si hubiera ganado la oposición? Había que garantizar entonces que cualquier cambio interno no afectara lo sustancial de la orientación económica. ¿Y cuál es el camino? Pactémoslo en tratados internacionales de libre comercio. Por eso desde el principio se trata de seguros con los que se protege el capital contra los cambios democráticos internos. Lo sustancial de la orientación económica ya no dependerá de los Congresos ni de los Ejecutivos, sino que estará pactado en tratados internacionales. Si no los cumples, te vas a tribunales internacionales.

¿Cuál era la estrategia que se buscaba en México con el TLC? No era muy creativa. Imponer la consabida receta del Fondo Monetario Internacional: exporta y atrae inversión extranjera. Y si ante eso hay que sacrificar cualquier cosa, pues que se sacrifique. El motor de la economía será la que demanden los países con alta capacidad económica y la inversión extranjera que se logre captar.

¿Por qué para el FMI va a ser la demanda externa, y no la interna, el motor de la economía? Las economías no pueden crecer en estos países porque el grueso de la población es extremadamente pobre. ¿A quién le vendes? Entonces hay que poner el motor de la economía en los que sí poseen poder de compra. Los sectores privilegiados en esta estrategia son los que estén en capacidad de exportar, lo que ya no depende del poder de compra del mercado interno. La consecuencia es apenas obvia. Los millones y millones de habitantes se seguirán empobreciendo a marchas aceleradas, porque dejan de ser consumidores estratégicos. Se siguen empobreciendo sin que a ellos, a los poderosos, les pase nada. La que está desapareciendo es la pequeña y mediana industria, está sí dependiente del mercado interno.

¿Qué pasa en México? Se le otorgan todos los derechos a los grandes inversionistas. Sin regulaciones, sin reglas enojosas, sin orientación estatal. Sencillamente, tienen todos los derechos y ninguna obligación. Yo reté un día a mis alumnos en la universidad ofreciéndole la máxima calificación a quien me descubriera siquiera la más mínima obligación de las grandes corporaciones en el capítulo de inversión del TLC. Ninguno la encontró.

Efectivamente, se atrajo una enorme cantidad de inversión extranjera. Se multiplicaron por 3 las exportaciones de manufactura. El gobierno aduce que es un éxito. Pero la tasa promedio del crecimiento del PIB, es decir, de la producción nacional por habitante durante el periodo del TLC es de 0.94%. En dos palabras: ¡el país no creció!

Y si ampliamos el período de análisis, cobijando el de la apertura, que en México ajusta 20 años, la tasa media de crecimiento de la economía es de 0.25. La economía en todos estos años ha crecido tan solo 6%. ¡20 años para crecer 6%! Fíjense que ni siquiera estamos hablando en términos sociales. En términos económicos, el modelo ha fracasado. Logra exportar, lograr atraer inversión extranjera, pero no logra crecimiento ni aumenta el empleo. ¿Por qué? ¿Cómo es posible semejante absurdo?, se preguntarán todos ustedes. Si una empresa acierta a vender 3 veces más y le inyectan desde afuera tal cantidad de inversión, cómo no va a crecer.

Pues las reglas del TLC y del ALCA dan por resultado ese misterio. La economía no crece. Nos lo dicen los hechos irrefutables, con datos oficiales. ¿Por qué no crece? Porque se desintegran las cadenas productivas. Voy a ponerles un ejemplo. Antes la Ford Motor Company era uno de los grandes exportadores. Una empresa trasnacional, todos lo sabemos; pero 60% de los componentes de cada carrito Ford estaban hechos en México por empresas mexicanas. Cuando a la Ford le iba bien en las ventas, jalaba a toda una cadena de empresas nacionales. Ahora todo es importado.

Se me replica: pero la Ford crea empleos. Cierto. Pero muchos menos que los que pierde México en toda la cadena de los antiguos proveedores, hoy arruinados. El motor de la economía es el exportador. Pero en México, el sector exportador son unas cuantas islas exitosas en un país fracasado. Son 300 empresas altamente exportadoras a las que les ha ido maravillosamente bien y que, obviamente, han creado empleo, pero infinitamente menos del que se pierde en todos los sectores condenados por la estrategia exportadora. Es una economía en que la locomotora marcha totalmente desconectada de los vagones. Estas fueron las reglas de juego del TLC. Podríamos entrar a examinar en detalle artículo por artículo y veríamos un país estancado. La sola cifra la demuestra: el 6% en 20 años prueba rotundamente que el modelo que no ha funcionado.

87% de las exportaciones del país se concentran en la manufactura. Claro, el grueso en zonas francas o maquilas, adonde llegó más de la mitad de la inversión extranjera. Y ustedes me dirán: un éxito total. El sector sí creció. Pero hay 9.1% menos empleos que en 1993. No estoy hablando en términos relativos. Si antes había 100 empleos, ahora solo 91. ¿Por qué? Porque crecieron apenas unas cuantas empresas, pero se perdieron más empleos en la cadena productiva.

En el mismo sector de las maquilas, la productividad de los trabajadores aumentó casi 60%. Es decir, los trabajadores producen 60% más valor. Pero reciben del patrón, con todo y prestaciones y gastos indirectos, 40% menos. ¿Quién gana y quién pierde? Ustedes decidirán si quieren amarrarse a éste tipo de acuerdos.

 

Publicidad

Etiquetado en Libre Comercio

Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase:
Comentar este post