La toma de la economía nacional

Publicado en por CONTRAPUESTOS

Juan Pablo Fernández Marín, Economista de la Universidad Libre de Pereira

Continuando con la política neoliberal entronizada desde la administración de César Gaviria Trujillo, si algo caracteriza al actual gobierno es su franca y radical voluntad de llevar la apertura y las privatizaciones hasta sus últimas consecuencias. El presidente Álvaro Uribe Vélez entrega hasta lo que no le piden y su labor no se limita a la privatización de lo público, sino que aplaude eufóricamente la desnacionalización del patrimonio privado de los empresarios nacionales. Todo en aras del TLC, combinando la más rústica demagogia pueblerina con el discurso tecnocrático neoliberal y jugando con el anhelo de los colombianos de superar la violencia.

Deslinde

La reciente venta de Bavaria a la multinacional cervecera SABMiller, del grupo Altria –el mismo que controla a Phillip Morris, propietaria de Coltabaco– por un valor equivalente al 8% del PIB colombiano, es una de las maneras como las diferentes empresas nacionales se están viendo afectadas por el "libre comercio" y hace posible inferir quiénes son los ganadores y perdedores de la globalización.

Esta compra pone de manifiesto una de las dos tácticas por medio de las cuales las empresas multinacionales, especialmente estadounidenses, se toman nuestro mercado interno y las riquezas naturales. Se trata –en este caso– de la adquisición de grandes empresas industriales maduras, sin hacer nueva inversión para crear riqueza, sino simplemente un traslado de propiedad. El objetivo es hacerse al mercado ya conquistado, es decir, a consumidores cautivos y a redes de distribución ya consolidadas. Son –además– empresas beneficiadas por el gobierno con un cúmulo de gabelas tributarias y económicas, necesarias para valorizar las empresas y aumentar a futuro las ganancias y dividendos, una vez trasladada la propiedad a algún consorcio extranjero. ¿En cuánto se están valorizando las empresas colombianas que quieren venderse a multinacionales por cuenta del anuncio de la eliminación del impuesto a las remesas? La respuesta encierra un hecho de suma importancia: los capitales foráneos no vienen al país a menos que se les ofrezcan tasas de ganancias superiores a las que podrían obtener en sus países nativos y unos muy pero muy bajos salarios, como lo han hecho las recientes disposiciones legales en materia de garantías al inversionista foráneo.

La otra forma como se toman las multinacionales el mercado interno consiste en eliminar las restricciones arancelarias y administrativas o cualquier sistema que dificulte las importaciones, lo que significa quebrar buena parte de la producción nacional no monopolista, en especial la pequeña y mediana empresa. Empero, lo anterior no sucede abruptamente, sino en forma paulatina. Para nuestro caso, primero se dio la apertura y ahora viene el TLC.

La situación de pobreza, miseria y quiebra de nuestro aparato productivo no se dio por un castigo divino, sino como directa consecuencia de una política conscientemente planeada y aplicada también a sangre fría. Entre los gobiernos de Barco y Gaviria, el arancel promedio que pagaban las importaciones se redujo de 83% al 7%, la mayor desgravación efectuada por país latinoamericano alguno donde se hayan introducido las reformas del neoliberalismo, como lo señala el ex Ministro de Hacienda y ex director de Planeación Nacional, Édgar Gutiérrez Castro. La desgravación y la supresión de otras medidas de protección abrieron la puerta para el ingreso masivo de mercancías extranjeras, que desplazaron la producción y el trabajo nacionales, situación causada no sólo por la caída en el precio internacional –producto en muchos casos de altos subsidios o ayudas– sino también por las medidas de política económica adoptadas por entidades como el Banco de la República, que ayudaron a crear la tragedia económica y social que hoy padece el país. La desprotección se traduce en el déficit estructural de la balanza comercial, que entre 1994 y el 2003 sumó US$ 26.351 millones, haciendo crecer el endeudamiento externo a niveles insostenibles y nunca antes vistos en toda la historia estadística de Colombia; situación que, sumada a las salidas de utilidades y dividendos de las multinacionales, se ha transformado en un 'dólar-ducto' por el cual se extrae la riqueza y el ahorro generado dentro de nuestras fronteras.

Como resultado de la apertura, la agricultura está en crisis, la industria ni hablar, la pobreza es alarmante –así se oculten las cifras con sortilegios estadísticos– y la riqueza se concentra cada vez más. Pero las víctimas del neoliberalismo se resumen en dos bandos: los sectores productivos nacionales y las masas laboriosas. Al primero se le cercenó la capacidad de acumular y a las segundas les fue truncada la posibilidad de avanzar por medio de su trabajo. Son bien conocidas las medidas legales adoptadas para envilecer la mano de obra colombiana, so pretexto de generar empleo. Pero no se habla ni abierta ni solapadamente sobre los hechos que han restringido la capacidad de acumular a los sectores de la producción.

Las cifras son incontrovertibles: la apertura eliminó un número significativo de empresas pequeñas, medianas y hasta algunas de las consideradas grandes. Los estragos del "libre comercio" saltan a la vista. La República (11 de agosto de 2005) registra que desde 1996 han entrado en proceso de liquidación 1.171 firmas de distintos sectores y tamaños, entre las que se cuentan Fibratolima, Unimec, Intercontinental de Aviación, Distral, Croydon y Pfaff de Colombia. Añadido a lo anterior, las cifras del DANE muestran cómo en 1995 existían 7.909 establecimientos industriales y en el 2002 la cifra se redujó a 6.881, una caída del 13%; el personal ocupado en el sector pasó de 649.163 personas a 531.213, representando una disminución del 18%. En 1994 el PIB industrial real por habitante era de $265.540; para 1999 la cifra bajó a $231.750, un 13% menos; y para el 2004 fue $264.805, valor casi idéntico al de 1994. Es decir, que llevamos una década de estancamiento en la generación de riqueza industrial, y eso sin mencionar las tragedias del sector agrícola. ¡Al pueblo colombiano se le ha arrebatado alevemente su capacidad de generar y acumular riqueza!

Es clara, de otro lado, la estrategia de la gran empresa colombiana: venderse para ser la socia minoritaria de negocios que en el país tengan alguna posibilidad de avance en el "libre comercio". Y también es diáfano el destino del resto de los sectores productivos, por dos razones. Primero, porque para poder captar sus mercados y aumentar sus poderes monopólicos, las trasnacionales necesitan envilecerlos hasta la aniquilación, como lo muestra la evidencia. Y segundo, por una simple razón: sus condiciones estructurales les impiden competir en franca lid con los gigantes de la globalización. Las divergencias que surgen al comparar empresas norteamericanas con las colombianas, permite ver que el falaz argumento gubernamental del "sí se puede" y de la "malicia indígena", diseñado para cazar incautos, es imposible de materializar. Una pequeña empresa de los países industrializados –en número de empleados– es entre 5 y 22 veces más grande que las colombianas, la mediana entre 2,5 y 5 veces más y ni mencionar algo sobre las grandes, cuando una sola empresa estadounidense llega a tener ventas iguales o superiores a todo el PIB anual de Colombia. Un sólo sector productivo norteamericano, como la industria de alimentos, tenía para el 2002, 3,8 veces más establecimientos que toda la industria colombiana. Estas cifras son una forma más de demostrar que en la famosa competencia entre empresas, que es de lo que trata el "libre comercio", Colombia no tiene absolutamente nada para ganar y todo por perder.

Los neoliberales criollos se inventan cualquier laya de artilugios para presentar sus propuestas como las defensoras del interés nacional en el "libre comercio" y como promotoras de la posibilidad de desarrollar una fuerza económica interna y de tener relaciones democráticas con el resto de países del mundo. Pero los hechos, que son los que al final demuestran la calidad de una política, les niegan la razón. El pobre desarrollo productivo del país, las precarias condiciones de vida de las mayorías colombianas, los bajos niveles de acumulación de riqueza interna, la fuga de nuestro ahorro y gentes, etc., nos dan la razón a quienes afirmamos que nada bueno se puede esperar cuando se decide atar el destino nacional a los designios de otro país y de sus empresas trasnacionales.

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Etiquetado en Libre Comercio

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