Autonomía Por Un Esc Ritor
Hace unos días, la Universidad Nacional realizó un gesto de gran autonomía: a petición del Consejo de la Facultad de Ciencias Humanas que presido, determinó otorgarle un Doctorado Honoris Causa al polémico escritor antioqueño Fernando Vallejo.
El pasado 25 de septiembre, en ceremonia especial realizada en el Auditorio León de Greiff, escuchamos la voz vital y pesimista de uno de los intelectuales más importantes del país.
Días después, apareció una entrevista en la cual el escritor señalaba, a manera de sentencia, que “...De los políticos colombianos no se hace uno”.
Ante esa y otras frases provocadoras, los comentarios de diversos sectores no se hicieron esperar.
Sin levantar tanto la voz, algunos opinadores calificaron de exabrupto que el Primer Centro de Educación Superior del país hubiese concedido tan alta distinción a un “renegado de la patria”.
Esos mismos comentaristas subrayaron que era “el colmo premiar a un enemigo de la Familia, de la Iglesia y del Estado, que además recientemente había rechazado su nacionalidad”.
“Colombia no va mal… Siempre irá peor” –me dijo hace un año y seguro lo reiterará–. ¿Maldición difícil de exorcizar? “Muchachitos de Colombia: no se reproduzcan. No le hagan a otro el mal que a ustedes les hicieron. Porque cuando se den cuenta les tocará irse –como a mí–, pero entonces será tarde y si les niegan la visa no podrán…”, advirtió, en otra ocasión, cayendo la tarde en pleno Parque Nacional.
La gente, mejor dicho, algunos colombianitos le gritaban ¡apátrida! desde el público. ¿Apátrida? ¿Apátrida por enrostrarnos esa verdad? ¿Apátrida por querer desembarazarse de ese papel llamado “nacionalidad”? Si supieran que esa voz, que tiene el coraje de hablar en primera persona, como lo subraya en una de sus novelas, jamás ha abandonado a Colombia: “...ni un solo instante había dejado de vivir en ella, en sus cafés, en sus montañas, en sus calles, en sus cines, en sus ríos, en su fracaso, en su esplendor, en su miseria, Colombia… lo sabía y adondequiera que fuera vendría siguiéndome unida a mí por irrompibles cadenas, como si ella fuera el centro de mi alma, del Universo, ella sola la luz y el resto sombras, como una condena (…) Colombia nos había hecho sin remedio prisioneros”.
En efecto, como un niño elevando una cometa, Fernando Vallejo es ese personaje que nos hace extrañar a la abuela, a santa Anita, a la loba que abandonados en este mundo nos amamanta.
Un yo que al divagar por los caminos que felizmente no conducen más a Roma, haciendo maroma y media, ha dicho morir.
Otro ángelus novus que desconsolado clama ‘Fin’. También es el ciudadano que ladrando, maullando y, sobre todo ronroneando –a ritmo de bolero–, nos susurra: “¿Para qué?”.
*DECANO DE LA FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - UNIVERSIDAD NACIONAL