HAMBRE Y MUERTE EN BOGOTÁ
Aurelio Suárez Montoya, La Hoja de Bogotá, noviembre de 2008
Muchos bogotanos cuando oyen hablar de la crisis alimenticia piensan en África o en Haití. Desconocen que en la Capital hay cuadros como los que se ven en CNN, no saben que millones de conciudadanos sufren de hambre y malnutrición como en Burkina Fasso o Liberia. Tiene que ver con que la mitad de la fuerza laboral devengue menos de un salario y medio mínimo mensual, con que el desempleo toque al 11% de la población económicamente activa y con que la informalidad arrope al 60% de los trabajadores. También con que el ingreso promedio por habitante sea cerca de 3.000 dólares anuales de los cuales los más pobres gastan casi el 40% en alimentos, que en Colombia 5,9 millones de personas se acuestan y levantan con hambre y, en las circunstancias presentes, se agrava cuando el alza de los precios en el transcurso de 2008 ya se “comió” el aumento del salario mínimo ajustado en enero.
Quienes sí saben lo que pasa son aquellos que desde cuando se levantan luchan a diario por la comida para ellos y sus familias, en un combate que es el leitmotiv de su “rebusque”. Como Bertilda Salas, del Jardín Infantil “Caminos de la vida”, en Casagrande, en la Alta Estancia en Ciudad Bolívar, quien junto con otras 8 mujeres y un hombre atienden el cuidado y la alimentación de 120 niños, para lo cual reparten entre ellos – como en el comunismo- los cinco sueldos que les entrega Bienestar Social; o como Evelia Castro, de la Asociación Comunitaria “Vamos al Grano”, que siembra con otras 70 familias en patios del barrio San Martín de Loba, en San Cristóbal, rábanos, lechuga, espinacas y acelgas para subsistir; o como Carmen Díaz, de Usme, que baja la leche del páramo a caballo para proveer a bajo precio a sus clientes de esa localidad el líquido para ser hervido; o como María Antonia Viasús, quien, como otras 410 mujeres en Bosa, “hace de tripas, corazón” como madre comunitaria, para alimentar todo el día y todos los días con $1.483 a cada uno de los 13 niños que tiene por encargo del ICBF y a cambio de lo cual percibe menos del 70% de un salario mínimo.
Tan esforzadas soluciones para el hambre están vinculadas con el modelo de ciudad puesto en marcha hace dos décadas, son una forma de resistencia a las funestas privatizaciones de los servicios públicos domiciliarios que absorben, en más de la mitad, el ingreso de los hogares pobres y que reducen lo destinado a vestuario, salud, alimentos y transporte. La hambruna es la antesala de la muerte. "La mayoría de esos niños fallecen a causa de enfermedades infecciosas curables, como diarrea, neumonía… Habrían sobrevivido si su cuerpo y sistema inmunológico no estuviera debilitado por el hambre y la malnutrición" (FAO). Infortunadamente, las tendencias de ese tipo de mortalidad aún prevalecen en Bogotá; ¿Hasta cuándo?